EL RETO NO ES EL PROBLEMA. TU RESISTENCIA AL RETO LO ES.
- terezachermindset

- 20 jul
- 3 min de lectura

Todos hemos pasado por momentos en los que nos preguntamos: "¿Por qué me está pasando esto?"
Una lesión. Una enfermedad. La pérdida de algo que queríamos. Un cambio inesperado. Un fracaso. Un plan que simplemente no salió como esperábamos.
Y es normal. Cuando estamos atravesando algo difícil, lo único que queremos es que desaparezca. Queremos que la tormenta termine para volver a sentir el sol.
Pero después de muchos años compitiendo, entrenando y enfrentando distintos retos dentro y fuera del deporte, he aprendido algo que cambió por completo mi manera de ver los obstáculos:
Muchas veces, lo que más nos hace sufrir no es el reto en sí.
Es nuestra resistencia a aceptarlo.
Déjame explicarte.
Imagina por un momento una vida en la que todo saliera exactamente como lo planeas.
Obtienes todo lo que deseas. Nunca te lesionas. Nunca te equivocas. Nunca enfrentas rechazo. Nunca tienes que luchar por nada.
Suena maravilloso, ¿verdad?
Tal vez al principio sí.
Pero después de un tiempo probablemente te aburrirías.
Y lo más importante: dejarías de crecer.
Porque son precisamente los retos los que nos obligan a descubrir partes de nosotros que no sabíamos que existían.
Los desafíos nos muestran qué tan pacientes somos. Qué tan resilientes somos. Qué tan comprometidos estamos con aquello que decimos que queremos.
Los retos no llegan para castigarnos.
Llegan para expandirnos.
Lo sé. Es fácil decirlo cuando todo está bien.
Es mucho más difícil verlo cuando estás en medio de la tormenta.
Yo misma lo he vivido muchas veces.
Mi cuerpo tiene asma.
La mayor parte del tiempo puedo llevar una vida normal, entrenar y competir sin problema. Pero hay días en los que incluso levantarme de la cama se siente como escalar el Everest porque simplemente no puedo respirar bien.
Y como corredora de maratón, no poder respirar es una situación bastante poco conveniente.
Durante mucho tiempo luché contra esa realidad.
Me frustraba. Me enojaba. Me preguntaba por qué me estaba pasando a mí.
Pero con el tiempo me di cuenta de algo.
Pelearme con la situación no la hacía desaparecer.
Seguía teniendo asma.
La única diferencia era que ahora también estaba frustrada.
Estaba sufriendo dos veces.
Una por la situación misma.
Y otra por resistirme a aceptarla.
El día que entendí esto recuperé algo muy importante: mi poder.
Porque aceptar una situación no significa resignarse.
No significa rendirse.
No significa que te guste lo que está pasando.
Simplemente significa reconocer la realidad tal como es para poder actuar desde ahí.
Significa dejar de gastar energía deseando que las cosas fueran diferentes y empezar a preguntarte:
"¿Qué puedo hacer con esto?"
"¿Qué puedo aprender de esto?"
"¿Cómo puedo crecer a partir de aquí?"
Hace años cambié una pregunta que transformó mi manera de enfrentar los desafíos.
Dejé de preguntarme:
"¿Por qué a mí?"
Y empecé a preguntarme:
"¿Para qué a mí?"
Es una diferencia enorme.
Porque una pregunta te convierte en víctima.
La otra te convierte en estudiante.
Y cuando empiezas a buscar la lección, algo cambia.
El obstáculo deja de ser solamente un obstáculo.
Se convierte en una oportunidad para crecer.
Piensa en los retos como escalones.
No siempre son cómodos. No siempre son divertidos. No siempre los elegimos.
Pero muchas veces son exactamente lo que necesitamos para convertirnos en la persona que estamos llamados a ser.
La realidad es que la mayoría de nosotros tendemos a instalarnos en nuestra zona de comodidad.
Nos acostumbramos a lo conocido.
A lo seguro.
A lo que podemos controlar.
Y cuando dejamos de desafiarnos voluntariamente, la vida suele encargarse de hacerlo por nosotros.
No porque esté en nuestra contra.
Sino porque el crecimiento siempre exige expansión.
Y la expansión rara vez se siente cómoda.
Hay algo más que me ayuda mucho cuando estoy atravesando una etapa difícil.
Recordar que todo es temporal.
Todo.
Las buenas rachas. Las malas rachas. Las victorias. Las derrotas. Las tormentas.
Nunca he visto una tormenta que dure para siempre.
Algunas duran horas.
Otras duran meses.
Algunas parecen eternas mientras las estamos viviendo.
Pero todas terminan.
Y tarde o temprano vuelve a salir el sol.
Por eso, si hoy estás enfrentando un reto, quiero recordarte algo:
Dónde estás ahora no es donde te quedarás para siempre.
Esto también pasará.
Y cuando pase, probablemente descubrirás que eras mucho más fuerte, más capaz y más resiliente de lo que imaginabas.
No siempre podemos elegir los desafíos que llegan a nuestra vida.
Pero sí podemos elegir cómo responder a ellos.
Y muchas veces el primer paso para avanzar no es luchar más.
Es aceptar lo que es.
Porque el reto no siempre es el problema.
Muchas veces, nuestra resistencia al reto es lo que más nos está frenando.
Les agradezco muchísimo sus preguntas y comentarios.
Los invito a que me sigan en mis redes para tips y motivación durante el día.
¡Abrazos!





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